-Soy escritora, ¿quiere
usted echarle un vistazo a mi libro por si le interesa y lo compra?
La frase es literal. Se la
escuché el sábado pasado a una mujer que deambulaba por la céntrica calle
Sierpes de Sevilla cargada con media docena de libros, un bolígrafo y un bolso que
imagino cargado con otros tantos ejemplares, fruto de un trabajo que sin duda
un día acometió con ilusión, pero sin demasiado realismo.
Porque seguramente nadie le
explicó que en el mundo de la literatura hay más monte que orégano y que hace
falta bastante más que buena voluntad (y a veces el dinero necesario para
autoeditarse) para que una obra pueda llegar a los escaparates de las
librerías.
Las editoriales grandes
miran para otro lado; las medianas racanean y las pequeñas… bueno, mucho hacen
con sobrevivir. Eso sin entrar en el otro cosmos del mundo literario, el de la
distribución, del que dependerá en buena medida que una obra se haga visible al
público. Todo independientemente de la calidad; una cualidad que, dejemos los
engaños, nada tiene que ver con las ventas. Y si no, basta mirar cualquier mesa
de novedades para ver cuántos bodrios llegan a las librerías con las
bendiciones, la publicidad y la distribución de las grandes editoriales, a las
que muchas veces habría que imaginar como despachos de papel al por mayor,
independientemente de lo que los pliegos lleven impreso.
Por eso admiro a la
vendedora ambulante de libros en la calle Sierpes. Porque al menos ha tenido la
decencia de defender el producto de su imaginación y de su trabajo a pie de
calle y no supeditándose al criterio de un ideólogo de la edición.
P.S. Este blog nació hace algunos años y desde entonces dormía en algún sitio sin uso. Hoy he decidido dárselo para reflejar algunos pensamientos en voz alta. El caso real de esta escritora ambulante es el primero.
