lunes, 7 de septiembre de 2015

La escritora ambulante




-Soy escritora, ¿quiere usted echarle un vistazo a mi libro por si le interesa y lo compra?
La frase es literal. Se la escuché el sábado pasado a una mujer que deambulaba por la céntrica calle Sierpes de Sevilla cargada con media docena de libros, un bolígrafo y un bolso que imagino cargado con otros tantos ejemplares, fruto de un trabajo que sin duda un día acometió con ilusión, pero sin demasiado realismo.
Porque seguramente nadie le explicó que en el mundo de la literatura hay más monte que orégano y que hace falta bastante más que buena voluntad (y a veces el dinero necesario para autoeditarse) para que una obra pueda llegar a los escaparates de las librerías.
Las editoriales grandes miran para otro lado; las medianas racanean y las pequeñas… bueno, mucho hacen con sobrevivir. Eso sin entrar en el otro cosmos del mundo literario, el de la distribución, del que dependerá en buena medida que una obra se haga visible al público. Todo independientemente de la calidad; una cualidad que, dejemos los engaños, nada tiene que ver con las ventas. Y si no, basta mirar cualquier mesa de novedades para ver cuántos bodrios llegan a las librerías con las bendiciones, la publicidad y la distribución de las grandes editoriales, a las que muchas veces habría que imaginar como despachos de papel al por mayor, independientemente de lo que los pliegos lleven impreso.

Por eso admiro a la vendedora ambulante de libros en la calle Sierpes. Porque al menos ha tenido la decencia de defender el producto de su imaginación y de su trabajo a pie de calle y no supeditándose al criterio de un ideólogo de la edición.

P.S. Este blog nació hace algunos años y desde entonces dormía en algún sitio sin uso. Hoy he decidido dárselo para reflejar algunos pensamientos en voz alta. El caso real de esta escritora ambulante es el primero.

viernes, 4 de octubre de 2013

Mérito y capacidad en la Junta de Andalucía

En sus golpes de timón ideológico, la Junta de Andalucía la ha cogido perra ahora con los profesores de la asignatura de Religión, docentes repaldados por la Ley Orgánica de la Educación, entre otras normas, a los que la Administración autonómica andaluza ahora niega que puedan cuidar de los escolares en los recreos porque no han accedido a su puesto de trabajo por oposición, a través de pruebas de mérito y capacidad. En ello se basa la defensa del decretazo por parte de la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, para quien la orden dictada no está alentada por un criterio ideológico, no, sino por defender a los docentes que superaron pruebas de mérito y capacidad para acceder a su trabajo, no vaya a ser -Susana dixit- que alguien recurra constitucionalmente por semejante barbaridad anticonstitucional. Desde que accedió sin oposición (léase votos, urnas y esas cosas) a la Presidencia de la Junta, Susana Díaz está demasiado acostumbrada a hablar sólo de una vertiente de los problemas: se queja de la corrupción, pero no se persona contra UGT que les ha mangoneado dineros con facturas dudosas... Por eso no extraña que en esta nueva guerra a cuenta de los profesores de Religión y sus méritos y capacidades, a la presidenta se le olviden las sentencias que condenan a la Junta por emplear como funcionarios a personas designadas digitalmente -o sea, a dedo- como personal laboral, para que llenen las empresas que conforman la llamada administración paralela que sostiene la Junta de Andalucía, esa que también se le olvida citar a la consejera de Hacienda, María Jesús Montero, cuando llora por las esquinas diciendo que la Junta ya no tiene "grasa" para adelgazar. Que se sepa, los pseudofuncionarios de las empresas de esa administración paralela que la Junta arropa sin rechistar sí que entraron con dudoso mérito y sin demostrar capacidad. Es la hora, pues, de que la presidenta se aplique el cuento y defienda a los funcionarios de carrera con los mismos argumentos con los que ahora parece defender al profesorado de mérito frente al acoso de los vapuleados profesores de Religión.

José L. García

martes, 1 de octubre de 2013

La afonía de Cándido Méndez


Después de haberse recuperado de la misteriosa afonía que debieron producirle las facturas de los atracones de langostinos, fiestas, ferias varias y publicidades a tutiplén pagadas con dineros destinados a los parados, Cándido Méndez, a la sazón secretario general del sindicato de las treinta raciones de mariscos a precio de oro, ha recuperado la voz para hablar sobre el escándalo que sacude UGT de arriba abajo. Y lo ha hecho en Madrid, lejos del vórtice del huracán andaluz. Allí ha dado la sensación de que metía la mano en su pecho, pero no para entonar un mea culpa, sino para pegarle un capotazo al asunto con unas declaraciones que dicen sin decir y admiten sin admitir. Y si no, ahí va la cosa: Cándido Méndez acaba por asegurar que si alguien ha metido la mano, y se demuestra, habrá que adoptar responsabilidades de carácter "político". Ahí es nada. O sea, que si se demuestra el trinque, vía homenajes langostineros y cosas parecidas, lo más que van a hacer en UGT es darle un cosqui al responsable. Y no digo nada si las irregularidades se cometieron en tiempos de otros responsables regionales -léase Pastrana-, ya quitados de la circulación. ¿En qué quedan las responsabilidades políticas? Méndez no habla, por supuesto, de lo que puedan acabar diciendo los juzgados que instruyen los presuntos fraudes a la Junta con dineros de todos y algunas facturas más que dudosas, y mucho menos de devolver el dinero malversado; ese que es de todos, no sólo del sindicato. Para hablar de eso, a Cándido parece que no se le ha quitado del todo la afonía.

José L. García

lunes, 30 de septiembre de 2013

A gusto del consumidor

Leo en ABC de Sevilla una noticia, hasta cierto punto frívola, en la que se cuenta que los fans del personaje literario de Bridget Jones están dispuestos a boicotear la tercera entrega del libro -de próxima aparición- porque los extractos que han publicado algunos periódicos anglosajones presentan a una protagonista que no sigue las pautas de las dos entregas anteriores porque, entre otras cosas, ya no es la eterna solterona de los dos primero libros, sino una viuda con hijos. En parte me sorprendo, pero mucho más me indigno al comprobar que tal toma de posicionamiento por parte de los fans de Bridget lo que pretende es que los escritores hagamos nuestras creaciones a gusto del consumidor y no como nuestra capacidad o nuestra imaginación sean capaces de concebirlas. Es como si nos dijeran que hay que seguir la corriente, despersonalizarse, ser maleable y aceptar un dirigismo vergonzoso. Entiendo que, en buena medida, todo ello es parte del engendro que ha creado una industria habituada a hacer encargos basados en estudios de mercado que garanticen ventas, aunque la calidad brille por su ausencia. La cosa tiene miga, y más de la que parece, porque como dicen los políticos cursis, extrapolando el concepto, ese trabajar a gusto del consumidor no queda muy lejos de muchos otros aspectos de la vida, particularmente de la oficial, donde muchos de los campanazos a que nos tienen acostumbrados los legisladores no son fruto de sesudos estudios, sino de la presión, el dirigismo o el populismo que más rédito pueda darles de cara a las siguientes elecciones. Sobre todo si con ello, pasando por encima de los legislados, se le da un buen puntapié en las partes pudendas al partido que esté enfrente, sea el que sea.

José L. García

jueves, 26 de septiembre de 2013

Un jaguar (con jota) en el garaje

Hubo un tiempo, dicen, en que los debates parlamentarios eran un espectáculo debido al elevado nivel dialéctico de sus protagonistas, por lo general capitaneados por políticos de alto nivel intelectual y capaces de hacer una magnífica pieza oratoria, tanto para echarse flores como para dejar al oponente a la altura del betún. Eso sí, sin que se notara más de la cuenta. Algo muy distinto al montaje actual, en el que cada líder cuenta con su claque particular, siempre dispuesta, y preparada, a romper en aplausos no porque a su jefe, o jefa, de filas le haya salido el discurso del siglo, sino porque parecen obligados a jalear el golpe de efecto de los suyos contra los demás. Digan lo que digan, ya sea un medio insulto o una tontería como la copa de un pino, los aplausos resuenan en la sala de plenos. Un ejemplo lo hemos tenido en el Parlamento Andaluz, donde la presidenta andaluza, Susana Díaz, fue envuelta en aplausus esta misma mañana cuando arrmetió contra Juan Ignacio Zoido, al atacarlo a cuenta de la publicación o no de las declaraciones de la renta de los parlamentarios andaluces. No se le pudo ocurrir a la presidenta una estulticia más grande que decir en público que si los populares mostraran su declaración de la renta aparecerían jaguar –así, con jota, algo correcto, pero que chirría refiriéndose a la marca de automóviles- en los garajes. Como si un currante caprichoso que no sea del PP –y conozco a alguno- no pudiera tener un jaguar en la puerta de su casa porque le guste o porque sea su gran pasión. El argumento de la presidenta de la Junta, como ataque político, era tan pasado de moda como tener por imagen de cabecera en el dormitorio al Che Guevara. Pero, claro, era un recurso facilón, llamativo, y, sobre todo, adecuado para que la claque de Susana, a falta de otra cosa, rompiera en aplausos.

José L. García



Una vuelta de tuerca a la repugnancia

El goteo de informaciones sobre el asesinato de una niña de doce años en Galicia, presuntamente con la concurrencia de uno de sus padres, o de los dos -ambos imputados por ahora-, está dado forma a un escenario brutal que no resulta demasiado desconocido, incluso en alguno de sus detalles. De ser ciertos los últimos datos, a la pequeña Asunta la durmieron antes de asfixiarla. Ante un hecho así, vienen a la memoria crímenes como el de Bretón, en Córdoba o, más cerca, el de la sevillana Carmen Espejo y su hijo Antonio, de 10 años, presuntamente asesinados por la pareja de ella (el crimen está aún pendiente de juicio). En ambos sucesos, la repugnancia más absoluta ondeó sobre las conciencias cuando se supo que, en el primer caso, Bretón sedó a sus hijos, les dio muerte e hizo desaparecer los cuerpos calcinándolos, y que, en el segundo, el presunto asesino de Carmen y sus hijos, Genaro, mató a sus víctimas tras sedarlas y ocultó los cadáveres, al parecer tras decapitarlos, en el fondo de un  viejo pozo en Almonaster la Real, donde el Grupo de Homicidios de Sevilla tardó casi dos décadas en localizarlos. Nadie en su sano juicio puede considerar que ambos casos no son repugnantes de por sí y que cuesta rizar tan diabólico rizo. Al menos hasta que se ha conocido el caso de Asunta. A los niños de Córdoba y a la madre y al hijo de Sevilla los asesinaron personas de una formación media tirando a normalita. Por eso mismo, multiplica la repugnancia de la razón que a la pequeña Asunta, sus propios padres (adoptivos o no: llegó a ellos con un año de vida), abogada la una, periodista el otro, la dejaran tirada en una cuneta como si fuera un perro.


José L. García

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Policía Autonómica, la gran mentira



Al hilo de la muerte a tiros de una niña y demás recientes acontecimientos en la esquina más marginal del barrio sevillano de las Tres Mil Viviendas, la mal llamada Policía Autonómica de Andalucía vuelve a estar en boca de unos y de otros, como si a ella le correspondiera poner orden en un barrio al que, históricamente, ninguna administración ha querido coger por derecho, sino enrocándose en lo que llaman “problema integral” para justificar que no sea ni el Ayuntamiento, ni la Junta, ni el Gobierno, quienes, en solitario, pongan pie en pared de una vez por todas. Y digo esto porque ya causa hastío que al personal se la den con queso cada vez que se habla de Policía Autonómica; sencillamente porque es mentira; porque no existe. Es la gran mentira de la Junta de Andalucía, que no ha querido desarrollar nunca una Policía Autonómica y se ha conformado (eso sí, vendiéndola muy bien), con dirigir una unidad adscrita del Cuerpo Nacional de Policía, cuyas competencias, ojo al dato, son tan limitadísimas que no incluyen aspectos tan elementales como la seguridad ciudadana. El juego de azar y los menores (según cuáles), sí. Pero de seguridad, de guardia de la porra, vamos, nada de nada. Como mucho ponen a algunos de sus miembros en las esquinas de las zonas calientes de las Tres Mil Viviendas para que se les vea. Porque aunque no esté para correr tras los chorizos, por mucho que eso chirríe en las meninges, ver un policía en la calle siempre da un poco de sosiego. Y, mientras, a la Junta de Andalucía le tranquiliza que la gente de a pie siga creyendo que tiene una verdadera Policía Autonómica, con todos sus avíos.


José L. García