Hubo un tiempo, dicen,
en que los debates parlamentarios eran un espectáculo debido al elevado nivel dialéctico de sus protagonistas, por lo
general capitaneados por políticos de alto nivel intelectual y capaces de hacer
una magnífica pieza oratoria, tanto para echarse flores como para dejar al
oponente a la altura del betún. Eso sí, sin que se notara más de la cuenta.
Algo muy distinto al montaje actual, en el que cada líder cuenta con su claque particular,
siempre dispuesta, y preparada, a romper en aplausos no porque a su jefe, o
jefa, de filas le haya salido el discurso del siglo, sino porque parecen
obligados a jalear el golpe de efecto de los suyos contra los demás. Digan lo
que digan, ya sea un medio insulto o una tontería como la copa de un pino, los
aplausos resuenan en la sala de plenos. Un ejemplo lo hemos tenido en el
Parlamento Andaluz, donde la presidenta andaluza, Susana Díaz, fue envuelta en aplausus esta
misma mañana cuando arrmetió contra Juan Ignacio Zoido, al atacarlo a
cuenta de la publicación o no de las declaraciones de la renta de los parlamentarios
andaluces. No se le pudo ocurrir a la presidenta una estulticia más grande que
decir en público que si los populares mostraran su declaración de la renta
aparecerían jaguar –así, con jota, algo correcto, pero que chirría refiriéndose
a la marca de automóviles- en los garajes. Como si un currante caprichoso que
no sea del PP –y conozco a alguno- no pudiera tener un jaguar en la puerta de
su casa porque le guste o porque sea su gran pasión. El argumento de la
presidenta de la Junta, como ataque político, era tan pasado de moda como tener
por imagen de cabecera en el dormitorio al Che Guevara. Pero, claro, era un
recurso facilón, llamativo, y, sobre todo, adecuado para que la claque de
Susana, a falta de otra cosa, rompiera en aplausos.
José L. García
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