jueves, 26 de septiembre de 2013

Una vuelta de tuerca a la repugnancia

El goteo de informaciones sobre el asesinato de una niña de doce años en Galicia, presuntamente con la concurrencia de uno de sus padres, o de los dos -ambos imputados por ahora-, está dado forma a un escenario brutal que no resulta demasiado desconocido, incluso en alguno de sus detalles. De ser ciertos los últimos datos, a la pequeña Asunta la durmieron antes de asfixiarla. Ante un hecho así, vienen a la memoria crímenes como el de Bretón, en Córdoba o, más cerca, el de la sevillana Carmen Espejo y su hijo Antonio, de 10 años, presuntamente asesinados por la pareja de ella (el crimen está aún pendiente de juicio). En ambos sucesos, la repugnancia más absoluta ondeó sobre las conciencias cuando se supo que, en el primer caso, Bretón sedó a sus hijos, les dio muerte e hizo desaparecer los cuerpos calcinándolos, y que, en el segundo, el presunto asesino de Carmen y sus hijos, Genaro, mató a sus víctimas tras sedarlas y ocultó los cadáveres, al parecer tras decapitarlos, en el fondo de un  viejo pozo en Almonaster la Real, donde el Grupo de Homicidios de Sevilla tardó casi dos décadas en localizarlos. Nadie en su sano juicio puede considerar que ambos casos no son repugnantes de por sí y que cuesta rizar tan diabólico rizo. Al menos hasta que se ha conocido el caso de Asunta. A los niños de Córdoba y a la madre y al hijo de Sevilla los asesinaron personas de una formación media tirando a normalita. Por eso mismo, multiplica la repugnancia de la razón que a la pequeña Asunta, sus propios padres (adoptivos o no: llegó a ellos con un año de vida), abogada la una, periodista el otro, la dejaran tirada en una cuneta como si fuera un perro.


José L. García

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