El
goteo de informaciones sobre el asesinato de una niña de doce años en Galicia,
presuntamente con la concurrencia de uno de sus padres, o de los dos -ambos
imputados por ahora-, está dado forma a un escenario brutal que no resulta
demasiado desconocido, incluso en alguno de sus detalles. De ser ciertos los
últimos datos, a la pequeña Asunta la durmieron antes de asfixiarla. Ante un
hecho así, vienen a la memoria crímenes como el de Bretón, en Córdoba o, más
cerca, el de la sevillana Carmen Espejo y su hijo Antonio, de 10 años,
presuntamente asesinados por la pareja de ella (el crimen está aún pendiente de
juicio). En ambos sucesos, la repugnancia más absoluta ondeó sobre las
conciencias cuando se supo que, en el primer caso, Bretón sedó a sus hijos, les
dio muerte e hizo desaparecer los cuerpos calcinándolos, y que, en el segundo,
el presunto asesino de Carmen y sus hijos, Genaro, mató a sus víctimas tras
sedarlas y ocultó los cadáveres, al parecer tras decapitarlos, en el fondo de
un viejo pozo en Almonaster la Real, donde el Grupo de
Homicidios de Sevilla tardó casi dos décadas en localizarlos. Nadie en su sano
juicio puede considerar que ambos casos no son repugnantes de por sí y que
cuesta rizar tan diabólico rizo. Al menos hasta que se ha conocido el caso de
Asunta. A los niños de Córdoba y a la madre y al hijo de Sevilla los asesinaron
personas de una formación media tirando a normalita. Por eso mismo, multiplica
la repugnancia de la razón que a la pequeña Asunta, sus propios padres (adoptivos
o no: llegó a ellos con un año de vida), abogada la una, periodista el otro, la
dejaran tirada en una cuneta como si fuera un perro.
José L.
García
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