lunes, 30 de septiembre de 2013

A gusto del consumidor

Leo en ABC de Sevilla una noticia, hasta cierto punto frívola, en la que se cuenta que los fans del personaje literario de Bridget Jones están dispuestos a boicotear la tercera entrega del libro -de próxima aparición- porque los extractos que han publicado algunos periódicos anglosajones presentan a una protagonista que no sigue las pautas de las dos entregas anteriores porque, entre otras cosas, ya no es la eterna solterona de los dos primero libros, sino una viuda con hijos. En parte me sorprendo, pero mucho más me indigno al comprobar que tal toma de posicionamiento por parte de los fans de Bridget lo que pretende es que los escritores hagamos nuestras creaciones a gusto del consumidor y no como nuestra capacidad o nuestra imaginación sean capaces de concebirlas. Es como si nos dijeran que hay que seguir la corriente, despersonalizarse, ser maleable y aceptar un dirigismo vergonzoso. Entiendo que, en buena medida, todo ello es parte del engendro que ha creado una industria habituada a hacer encargos basados en estudios de mercado que garanticen ventas, aunque la calidad brille por su ausencia. La cosa tiene miga, y más de la que parece, porque como dicen los políticos cursis, extrapolando el concepto, ese trabajar a gusto del consumidor no queda muy lejos de muchos otros aspectos de la vida, particularmente de la oficial, donde muchos de los campanazos a que nos tienen acostumbrados los legisladores no son fruto de sesudos estudios, sino de la presión, el dirigismo o el populismo que más rédito pueda darles de cara a las siguientes elecciones. Sobre todo si con ello, pasando por encima de los legislados, se le da un buen puntapié en las partes pudendas al partido que esté enfrente, sea el que sea.

José L. García

jueves, 26 de septiembre de 2013

Un jaguar (con jota) en el garaje

Hubo un tiempo, dicen, en que los debates parlamentarios eran un espectáculo debido al elevado nivel dialéctico de sus protagonistas, por lo general capitaneados por políticos de alto nivel intelectual y capaces de hacer una magnífica pieza oratoria, tanto para echarse flores como para dejar al oponente a la altura del betún. Eso sí, sin que se notara más de la cuenta. Algo muy distinto al montaje actual, en el que cada líder cuenta con su claque particular, siempre dispuesta, y preparada, a romper en aplausos no porque a su jefe, o jefa, de filas le haya salido el discurso del siglo, sino porque parecen obligados a jalear el golpe de efecto de los suyos contra los demás. Digan lo que digan, ya sea un medio insulto o una tontería como la copa de un pino, los aplausos resuenan en la sala de plenos. Un ejemplo lo hemos tenido en el Parlamento Andaluz, donde la presidenta andaluza, Susana Díaz, fue envuelta en aplausus esta misma mañana cuando arrmetió contra Juan Ignacio Zoido, al atacarlo a cuenta de la publicación o no de las declaraciones de la renta de los parlamentarios andaluces. No se le pudo ocurrir a la presidenta una estulticia más grande que decir en público que si los populares mostraran su declaración de la renta aparecerían jaguar –así, con jota, algo correcto, pero que chirría refiriéndose a la marca de automóviles- en los garajes. Como si un currante caprichoso que no sea del PP –y conozco a alguno- no pudiera tener un jaguar en la puerta de su casa porque le guste o porque sea su gran pasión. El argumento de la presidenta de la Junta, como ataque político, era tan pasado de moda como tener por imagen de cabecera en el dormitorio al Che Guevara. Pero, claro, era un recurso facilón, llamativo, y, sobre todo, adecuado para que la claque de Susana, a falta de otra cosa, rompiera en aplausos.

José L. García



Una vuelta de tuerca a la repugnancia

El goteo de informaciones sobre el asesinato de una niña de doce años en Galicia, presuntamente con la concurrencia de uno de sus padres, o de los dos -ambos imputados por ahora-, está dado forma a un escenario brutal que no resulta demasiado desconocido, incluso en alguno de sus detalles. De ser ciertos los últimos datos, a la pequeña Asunta la durmieron antes de asfixiarla. Ante un hecho así, vienen a la memoria crímenes como el de Bretón, en Córdoba o, más cerca, el de la sevillana Carmen Espejo y su hijo Antonio, de 10 años, presuntamente asesinados por la pareja de ella (el crimen está aún pendiente de juicio). En ambos sucesos, la repugnancia más absoluta ondeó sobre las conciencias cuando se supo que, en el primer caso, Bretón sedó a sus hijos, les dio muerte e hizo desaparecer los cuerpos calcinándolos, y que, en el segundo, el presunto asesino de Carmen y sus hijos, Genaro, mató a sus víctimas tras sedarlas y ocultó los cadáveres, al parecer tras decapitarlos, en el fondo de un  viejo pozo en Almonaster la Real, donde el Grupo de Homicidios de Sevilla tardó casi dos décadas en localizarlos. Nadie en su sano juicio puede considerar que ambos casos no son repugnantes de por sí y que cuesta rizar tan diabólico rizo. Al menos hasta que se ha conocido el caso de Asunta. A los niños de Córdoba y a la madre y al hijo de Sevilla los asesinaron personas de una formación media tirando a normalita. Por eso mismo, multiplica la repugnancia de la razón que a la pequeña Asunta, sus propios padres (adoptivos o no: llegó a ellos con un año de vida), abogada la una, periodista el otro, la dejaran tirada en una cuneta como si fuera un perro.


José L. García

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Policía Autonómica, la gran mentira



Al hilo de la muerte a tiros de una niña y demás recientes acontecimientos en la esquina más marginal del barrio sevillano de las Tres Mil Viviendas, la mal llamada Policía Autonómica de Andalucía vuelve a estar en boca de unos y de otros, como si a ella le correspondiera poner orden en un barrio al que, históricamente, ninguna administración ha querido coger por derecho, sino enrocándose en lo que llaman “problema integral” para justificar que no sea ni el Ayuntamiento, ni la Junta, ni el Gobierno, quienes, en solitario, pongan pie en pared de una vez por todas. Y digo esto porque ya causa hastío que al personal se la den con queso cada vez que se habla de Policía Autonómica; sencillamente porque es mentira; porque no existe. Es la gran mentira de la Junta de Andalucía, que no ha querido desarrollar nunca una Policía Autonómica y se ha conformado (eso sí, vendiéndola muy bien), con dirigir una unidad adscrita del Cuerpo Nacional de Policía, cuyas competencias, ojo al dato, son tan limitadísimas que no incluyen aspectos tan elementales como la seguridad ciudadana. El juego de azar y los menores (según cuáles), sí. Pero de seguridad, de guardia de la porra, vamos, nada de nada. Como mucho ponen a algunos de sus miembros en las esquinas de las zonas calientes de las Tres Mil Viviendas para que se les vea. Porque aunque no esté para correr tras los chorizos, por mucho que eso chirríe en las meninges, ver un policía en la calle siempre da un poco de sosiego. Y, mientras, a la Junta de Andalucía le tranquiliza que la gente de a pie siga creyendo que tiene una verdadera Policía Autonómica, con todos sus avíos.


José L. García

martes, 24 de septiembre de 2013

En billetes de 500, por favor

Los llamaban los “bin laden” porque todo el mundo sabía que existían, pero nadie los había visto. Era, claro, tiempo antes de que los marines USA encontraran al ideólogo de Al Qaeda y le dieran matarile. Pero estos otros “bin laden”, los de la España cañí, son de otra calaña muy distinta. Son de curso legal, de 500 eurazos y, por lo que parece, los preferidos de UGT a la hora de sacar la pasta de los sobresueldos que algunos dolores de cabeza comienzan a darle. Vista la orden que el sindicato de clase daba al banco vía correo electrónico, pedir de oficio diez mil euros en billetes de 500 es más que sospechoso. Es como esos atracos de película de clase B en los que el asaltante exige los billetes que le interesan, pequeños y usados. UGT, por el contrario, los pide de 500 euros. ¿Por qué será? A lo mejor hay una explicación plausible y no vergonzante. Pero desde luego, el asunto es para escamarse. Cada pedido igual: el mogollón, de 500, y lo demás, la calderilla, según sea el cheque, en billetes pequeños. Quizá en UGT estén muy acostumbrados a los billetes de 500. Yo sólo vi uno una vez y fue para pasarlo de un banco a otro, y no precisamente para pagar un sobresueldo, sino para una hipoteca. Así que si alguien pregunta que si existen, en UGT pueden dar razones más que convincentes y con conocimiento de causa.

José L. García


Item mas: A veces, las noticias dan los comentarios hechos. Valga la que cuenta hoy la desaparición de la gamba roja en el caladero almeriense de Garrucha. ¿Será que los crustáceos se han orientado de las mariscadas sindicales y han puesto mar de por medio?

lunes, 23 de septiembre de 2013

Vicio de fiscal

Días después de que intentara entrar en la posteridad con una boutade contra los medios de comunicación porque, según él, airean demasiado los asuntos judiciales en los que están implicados políticos (presuntamente) corruptos, el fiscal de carrera y consejero de Justicia de la Junta de Andalucía, Emilio de Llera, sigue dando que hablar a los periodistas por tal intento de matar al mensajero, algo muy de nuestros políticos y que a los periodistas suele tocarnos la moral. Viene esto al hilo de lo que hoy escribe en ABC de Sevilla mi compañero Tomás Balbontín, artículo el suyo que me ha hecho recordar alguna otra boutade protagonizada por otro fiscal, hoy reconvertido en abogado privado, que en cierto juicio también la emprendió contra los periodistas dejándose caer en pleno informe final, o sea en público, ante letrados y jueces, con que lo que escribíamos servía poco más que para utilizar el papel como envoltura de bocadillos o de pescado frito, ya no recuerdo el producto. Un recurso dialéctico sobradamente manido que al día siguiente tuvo su debida respuesta, lo que, entre otras cosas, dio pie a que el susodicho fiscal me retirara la palabra durante algunos años. Ninguno de los dos representantes del Ministerio Público está ya en activo en la Audiencia de Sevilla, donde tanto el uno como el otro perdieron sus grandes casos mediáticos que tanto los acercaron a los periodistas. Pero la coincidencia es tal que uno acaba preguntándose si tanta grima contra la Prensa no será una deformación del propio oficio.

José L. García