Al hilo
de la muerte a tiros de una niña y demás recientes acontecimientos en la
esquina más marginal del barrio sevillano de las Tres Mil Viviendas, la mal
llamada Policía Autonómica de Andalucía vuelve a estar en boca de unos y de
otros, como si a ella le correspondiera poner orden en un barrio al que,
históricamente, ninguna administración ha querido coger por derecho, sino
enrocándose en lo que llaman “problema integral” para justificar que no sea ni
el Ayuntamiento, ni la Junta, ni el Gobierno, quienes, en solitario, pongan pie
en pared de una vez por todas. Y digo esto porque ya causa hastío que al
personal se la den con queso cada vez que se habla de Policía Autonómica;
sencillamente porque es mentira; porque no existe. Es la gran mentira de la
Junta de Andalucía, que no ha querido desarrollar nunca una Policía Autonómica
y se ha conformado (eso sí, vendiéndola muy bien), con dirigir una unidad adscrita
del Cuerpo Nacional de Policía, cuyas competencias, ojo al dato, son tan limitadísimas
que no incluyen aspectos tan elementales como la seguridad ciudadana. El juego de
azar y los menores (según cuáles), sí. Pero de seguridad, de guardia de la
porra, vamos, nada de nada. Como mucho ponen a algunos de sus miembros en las
esquinas de las zonas calientes de las Tres Mil Viviendas para que se les vea.
Porque aunque no esté para correr tras los chorizos, por mucho que eso chirríe
en las meninges, ver un policía en la calle siempre da un poco de sosiego. Y,
mientras, a la Junta de Andalucía le tranquiliza que la gente de a pie siga
creyendo que tiene una verdadera Policía Autonómica, con todos sus avíos.
José L.
García
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