Leo en ABC de Sevilla una noticia, hasta cierto punto frívola, en la que se cuenta que los fans del personaje literario de Bridget Jones están dispuestos a boicotear la tercera entrega del libro -de próxima aparición- porque los extractos que han publicado algunos periódicos anglosajones presentan a una protagonista que no sigue las pautas de las dos entregas anteriores porque, entre otras cosas, ya no es la eterna solterona de los dos primero libros, sino una viuda con hijos. En parte me sorprendo, pero mucho más me indigno al comprobar que tal toma de posicionamiento por parte de los fans de Bridget lo que pretende es que los escritores hagamos nuestras creaciones a gusto del consumidor y no como nuestra capacidad o nuestra imaginación sean capaces de concebirlas. Es como si nos dijeran que hay que seguir la corriente, despersonalizarse, ser maleable y aceptar un dirigismo vergonzoso. Entiendo que, en buena medida, todo ello es parte del engendro que ha creado una industria habituada a hacer encargos basados en estudios de mercado que garanticen ventas, aunque la calidad brille por su ausencia. La cosa tiene miga, y más de la que parece, porque como dicen los políticos cursis, extrapolando el concepto, ese trabajar a gusto del consumidor no queda muy lejos de muchos otros aspectos de la vida, particularmente de la oficial, donde muchos de los campanazos a que nos tienen acostumbrados los legisladores no son fruto de sesudos estudios, sino de la presión, el dirigismo o el populismo que más rédito pueda darles de cara a las siguientes elecciones. Sobre todo si con ello, pasando por encima de los legislados, se le da un buen puntapié en las partes pudendas al partido que esté enfrente, sea el que sea.
José L. García
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